domingo, 25 de noviembre de 2018

REFLEXIONES EN TORNO A LA PEDERASTRIA EN LA IGLESIA



Carta abierta

Desde nuestro grupo de trabajo para el fomento de la resiliencia y procesos de desvictimización, queremos llevar a cabo una serie de reflexiones sobre la noticia aparecida en El País (08/11/18) en relación a las grabaciones al obispo de Salamanca y las declaraciones posteriores de Giménez Berrocal sobre la irrelevancia de los porcentajes de pederastia en la iglesia (El País 10/11/18)



Durante mucho tiempo, y vinculado a sus orígenes y a la necesidad del estudio de la figura del agresor en las diferentes disciplinas, no se mostró un interés especial por la circunstancia de las víctimas; pero, en la actualidad, prevalece la necesidad de comprensión y reparación sobre quienes han padecido o padecen esta situación. Es responsabilidad de todos evitar su mayor estigmatización. El juicio social que se construye sobre ellas no es más que el resultado de la falta de conocimiento sobre cómo maquinan las estrategias los agresores y sobre qué efecto causan sus acciones en las personas que las sufren. Esa ignorancia nos convierte, muchas veces, en tolerantes frente a situaciones cuya dimensión no acabamos de creer ni asimilar. La atención, escucha y amparo familiar, escolar y social deberían actuar como factores de protección y prevención frente a las situaciones de maltrato y abuso.  

Siempre que nos encontramos ante un proceso de victimización, hemos de hablar de una situación traumática que conduce a ello. Nadie debe poner en duda que un contexto de abuso sobre un niño lo es, independientemente de que este sea capaz de sentir en ese momento la realidad de las consecuencias a corto medio o largo plazo. Cuando este abuso, además, se lleva a cabo por un adulto que se ampara en su condición de representante de un estamento religioso o de cualquier institución educativa o deportiva, lo es doblemente: primero, por lo que el abuso en sí mismo supone para los límites del niño y para su integridad personal, psíquica y moral; y segundo, porque se perpetra desde una institución que debería velar justamente por proteger todos los valores antes mencionados. La responsabilidad, por tanto, recae sobre el adulto perpetrador, jamás sobre quien padeció el abuso.

Para la persona abusada no existen tiempos ni porcentajes. Existe una fractura del psiquismo cuando el trauma se produce y la necesidad de recomponerse y poder elaborar todo lo que implica vivir esa situación. Para cada afectado, ese tiempo de re-construcción es diferente, así como las necesidades y factores que ayudan a sanar la herida. Cuando el entorno no facilita opciones de cura, la dificultad es mayor. No todas las víctimas salen ilesas de sus heridas o reforzadas de las experiencias traumáticas. Además, para comprender mejor la difícil gestión del trauma, deberíamos sumarle las reacciones sociales que llevan a una victimización secundaria, que causan sentimientos de impotencia y soledad, agravando los síntomas y produciendo en la persona una sensación de indefensión aprendida, a modo respuesta. Muchas víctimas no denuncian o demoran su denuncia, por este motivo. Tenemos que  ser conscientes, por tanto, de cómo usamos el lenguaje y de qué mensaje social estamos dando al referirnos a estas personas y sus circunstancias.

Desde la inteligencia interpersonal tenemos el deber, la obligación y el compromiso de evitar, al máximo, esta fractura profunda de la víctima, que afecta no solo a la persona, sino también a su entorno. Nada de esto nos resulta indiferente.

Al tratar un tema tan delicado, poner el énfasis en el porcentaje de abusos acaecidos, implica deshumanizar a las víctimas. Cambiar personas por tantos por ciento no favorece la reparación, ni abre la posibilidad de buscar en la justicia restaurativa un camino. Lo mismo sucede cuando en el pensamiento de algunos representantes eclesiásticos prevalece aún la necesidad de requerir de la víctima la responsabilidad de una denuncia temprana o la insinuación velada de un silencio cómplice, moviendo el peso de la responsabilidad hacía un lugar equivocado.

Por todo lo anteriormente expuesto, mantenemos una postura firme, serena y solidaria de apoyo a las víctimas y de condena frente a los abusos. Apelamos a que se favorezcan actitudes de apertura y comunicación que nos permitan orientarnos hacia posturas más restaurativas, donde las personas afectadas tengan voz y sean escuchadas, y de las cuales se deriven mensajes inequívocos, contundentes e inexcusables, a favor de su sanación. 

Firmado por: Marta Carné; Albert Clemente; Susana Cuñado; Francisco Díaz; Montse Fornós; Montse Hidalgo; Miquel Monroig; Alicia Monterrubio; Mar Parramón; Eva María Peláez.

Noviembre 2018

ENGLISH VERSION
Open letter

For a long time, tied to its origins and the need of studying the figure of the aggressor in different disciplines, no special interest was shown to the victims’ circumstances. At present, though, what prevails is the need for understanding and addressing the harm caused to those who have suffered or suffer from such predicament. It is everyone's responsibility to avoid further stigmatization. The social judgment that is built on them is only the result of ignorance about how aggressors elaborate their strategies and what effect their actions cause on the people who suffer them. That ignorance makes us, many times, tolerant of situations the dimension of which we can hardly believe or assimilate. The ability to listen and the attention due to them, as well as the support of family, school and social milieu, should act as protection and preventing factors against situations of mistreatment and abuse.

Whenever we are faced with a process of victimization, we have to talk about what traumatic situation led to it. No one should call into doubt that a context of abuse to a child exists by itself regardless of whether or not the child is capable of feeling at that moment the reality of the consequences this will have in the short, medium or long term. Besides, when such an abuse is carried out by an adult finding protection in its capacity of representative of the Church, or any other educational or sporting institution, the abuse is twice as grievous. First, because of what the abuse itself entails for what the child can bear in its personal, psychological and moral integrity. Secondly, because it is precisely perpetrated by an institution that should take particular care in protecting all of the aforementioned values. The responsibility, therefore, rests with the adult perpetrator; never on the one who suffered it.

For the abused person neither time nor any percentage matters. There is a fracture of the psyche when the trauma occurs; and the need to put oneself back together and be able to elaborate all that is involved in living through that situation. For each of the affected, that time of reconstruction is different, as well as the needs and factors enabling the wound to heal. When the closer social or family setting does not provide healing options, the difficulty becomes greater. Not all victims come out unharmed from their wounds nor reinforced from traumatic experiences. In addition, to better understand the difficult management of trauma, we should add to it the social reaction that leads to a second victimization process, causing in turn feelings of helplessness and loneliness; thus aggravating the symptoms and creating as a response a feeling of learned defenselessness. Many victims do not report the abuse or delay exposing it for this reason. We therefore ought to beware how we use language and what social message is put forward when referring to these people and their circumstances.
From the standpoint of interpersonal intelligence we have the duty, obligation and commitment to make the most in avoiding the deep fracture of the victim; something which does not only affect the person itself, but also its close milieu. We are not indifferent to any of this.

Reading both articles, we believe that speaking of percentages implies dehumanizing those who have suffered abuse; equalling people to a percentage is taking a ‘fixist’ stance that does not favor a person’s reparation nor the possibility of searching for a path in restorative justice. This same happens when the thought of some church representatives is to demand responsibility from the victim in reporting abuse at an early stage, or the veiled insinuation of complicit silence, thus shifting the burden of responsibility to a mistaken place.

For all this, we uphold a firm, serene and solidary stand in support of victims and against all abuse. We appeal for attitudes of openness and unhindered communication to be favoured so that it may enable us to veer ourselves towards more restorative positions. In so doing, affected people may have a voice and be heard, so that from such attitudes may derive unequivocal, uncompromising and inexcusable messages favouring their healing.

Traducción: Eugenio Civera
Revisión: Ivo Bargalló





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